Conceptualmente,
las clasificaciones socioeconómicas en América Latina responden a un criterio
social y económico. Sin embargo, un problema fundamental es que en el
imaginario de las personas (y en el uso corriente de muchos empresarios), un
nivel socioeconómico alto implica necesariamente mucho dinero y un nivel bajo
muy poco. Más aún, los criterios de educación, ocupación o tipo de vivienda,
muchas veces se usan solo para inferir el nivel económico, sirviendo por tanto
solamente como indicadores de poder económico.
Adicionalmente
a este y otros problemas, es necesario remarcar los estereotipos que se
esconden detrás de la supuesta clasificación científica de los niveles
socioeconómicos que todos aceptan.
Así,
en el imaginario popular y, suponemos también que en el de científicos y
empresarios, las clase altas corresponden a personas de muy alto ingreso
(generalmente sobre-estimado), de alto nivel educativo, citadinos, modernos,
tecnológicos, bien educados (léase corteses y amables), limpios, honestos y con
atributos raciales específicos (blancos caucásicos). Ello no sería un problema
si la descripción fuera acertada, pero el principal error es que paralelamente
implica una definición de las clases bajas por contraposición a ella. Y claro,
esos estereotipos correspondieron alguna vez a la realidad social
latinoamericana, pero hoy no responden a los inmensos cambios sociales
ocurridos en los últimos 30 años.

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